martes, 20 de abril de 2010

El mandala de Rayuela en Cortazar


El mandala como procedimiento estético que compone el dispositivo narrativo y de legibilidad en Rayuela de Julio Cortazar.

El mandala actúa como una forma estética que moldea el aparato narrativo y de legibilidad, al hacer uso de elipsis que producen un efecto espiral en la secuencia de la trama. Las elipsis marcan y desplazan un centro, centro que como en las antiguas religiones asiáticas es el ocupado por el hombre que se sitúa dentro del círculo que es su mundo. El efecto alucinatorio de desplazamiento espacial produce la insatisfacción en la búsqueda del centro de los personajes, desequilibrio que se percibe como una marca del texto en la marginalidad en que se hallan Olivera/La maga, que en su afán de alcanzar la deseada centralidad son impulsados a la periferia. Sus vidas pende del juego ontológico que propone el mandala en donde la pérdida de la totalidad produce el quiebre en fragmentos del territorio textual, sólo podrá ser armado cuando se hallé la pieza faltante que desestabiliza a las otras como personajes de la trama. Este juego ofrece que la ilegibilidad sea la condición de posibilidad de la legibilidad literaria. El tablero debe ser armado por un cierto orden, el procedimiento narrativo que se basa en lo circunstancial y el azar en el dispositivo de legibilidad necesita imperiosamente de una organización que posibilite la lectura de forma lógica.
La tensión en el objeto narrativo es una constante, esta el procedimiento que propone el autor de cómo leer la novela que esta tironeando con la idea de desequilibrio, de una imagen que carece de un eje axial, y por lo tanto, ejerce una presión hacia los márgenes. La novela propone un develamiento al lector al poder armar su lectura basada en la intuición y libertad que propone el orden abierto de los fragmentos. El texto funciona como un pre-texto en donde subyace la problemática gnoseológica entre la relación del conocimiento y el hombre. “Ciertas nombres que aparecen tempranamente nos dan la clave de este aspecto gnoseológico que quiere ser más profundo. Mandala y Centro, provenientes de ritos mágicos de pasaje y busca de la plenitud ...”[1]
La espacialidad de la novela rompe o aleja la posibilidad  de centro o mandala, al proponer Buenos Aires y París como dos extremos que se convierten en dos puntos equidistantes que se trastocan en márgenes, y en consecuencia, marginalidad para Olivera y La maga y los otros personajes.

El concepto de Mandala que Cortazar iba a incluir en la novela y luego no lo incorpora puede ser muy esclarecedor.

“MANDALA
Es a la vez imago mundi y panteón. Al entrar en él, el novicio se acerca en cierto modo al ´Centro del Mundo’; en el corazón del mandala le es posible operar la ruptura de los niveles y a acceder a un modo de ser trascendental
                                                           Mircea Eliade”[2]
Es justamente esa idea de alcanzar al centro del mundo lo que persiguen personajes como Oliveira y la Maga pero su posibilidad queda trunca ya que no pueden acceder a un estado trascendental por que la problemática gnoseológica de ellos opera como un laberinto que los atrae hacia los márgenes; la constitución de la trama gira en torno a la dualidad centro/descentralización y es en este juego que esta última impera finalmente. La traspolación de figuras que propuso el autor de Rayuela por Mandala marca similitudes estéticas entre ambas, al ser el cielo la figuración del centro.
La figura del Mandala tiene un trascendencia especial para comprender la relación que se establece con el sueño en la novela. Los fragmentos, 123, 126, 127, 128, y 129 permiten relacionar la idea del sueño con la búsqueda del espacio perdido que es la posibilidad de hallar el centro del mandala, expresados como “Por qué, con tus encantamientos infernales, me has arrancado a la tranquilidad de la primera vida...”(R. 126). El gran desorden que existe en el texto actúan en el mandala como sistema que organiza e intenta colocar al mismo en equilibrio pero eso solo se alcanza parcialmente o nunca siendo ello lo que posibilita el procedimiento narrativo. La figura estética es de una pregnancia importantísima ya que la imagen visual del Círculo y la Espiral proponen simbólicamente la idea de orden cerrado y equilibrio, en el primero, y de orden abierto y de difusión, descentración, marginación, en el segundo.
Los puentes entre las ciudades París-Buenos Aires operan como en un mandala, al establecer la relación entre dos elementos opuestos simbolizados por el Cielo y la Tierra, espacios que actúan atrayéndose y repeliéndose pero siempre configurándose como opuestos metafísicos.
Por último, Rayuela es metáfora que se expresa como una obra que se aísla para reflexionar sobre sí misma en torno al Mandala.


[1] Barrenechea, Ana María, Cuadernos de Bitácora, p.97.
[2] Citado por Barrenechea, Ana María, en Cuadernos de Bitácora

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